Una historia sobre el apego

La “crianza con apego” es un modelo de cuidado de niños cada vez más extendido. Incluso varios pasos más allá son cada vez más las madres que, de forma un tanto furtiva, prolongan la lactancia después del primer año de vida del bebé. También son cada vez más las familias que subrepticiamente practican el colecho en la intimidad de sus casas. Estas “nuevas” formas de crianza son tan antiguas como el hombre, propias de culturas tradicionales y primitivas. Fueron la industrialización y la vida urbana las que introdujeron un nuevo paradigma en la crianza y educación de los niños.

Sigue existiendo una gran presión social, fundamentalmente sobre las mujeres, para imponer una forma “correcta” de crianza en oposición a las demás que, lógicamente, son “incorrectas”. Esto sirve tanto para los detractores como para los defensores de cada modelo. No es nuestra intención entrar en esta guerra de trincheras en la que creemos que hay más de auto justificación que de conocimiento contrastado del desarrollo del bebé. Pero sí podemos poner en perspectiva este problema. Lo que sigue es una “historia del apego”, o aun mejor, una “historia de las investigaciones sobre el apego” con las que esperamos que cada uno pueda formarse su propia opinión recurriendo a un mínimo de tópicos y prejuicios.

Cultura tradicional y familia extensa

“Para educar a un niño hace falta la tribu entera” es un proverbio africano, que popularizado por el gurú de la educación José Antonio Marina se ha convertido en banderín de enganche del cambio educativo en España. Por nuestra parte nos quedamos solo con el significado original de esta frase: en las culturas primitivas los niños son responsabilidad de toda la tribu, y su cuidado y atención es compartido entre todos.

En cualquier museo etnográfico encontraremos más pistas sobre el entorno de los niños en las sociedades no industrializadas: casas con una o dos estancia para familias mucho más numerosas que las actuales en las que el patio es el centro de la actividad familiar. Este entorno, unido a la lactancia natural prolongada, proporcionaban los más pequeños una amplia red de interacciones emocionales.

Sin embargo no podemos idealizar este entorno. La literatura nos cuenta con más detalle cómo era la vida de los niños incluso hasta bien entrado el siglo XX. Desde las novelas de pícaros, pasando por las obras de Dickens o Mark Twain, podemos llegar a novelas de Miguel Delibes como “El camino” o las “Viejas Historias de Castilla la vieja” en las que los niños son protagonistas y nos muestran desde su perspectiva como es el mundo que les rodea. Todos estos relatos nos hablan de un mundo que en algunos aspectos distaba mucho de ser el mejor entorno para el niño.

La educación Victoriana y la industrialización.

Todo lo anterior se refiere a la educación entre las clases “populares”. Sin embargo había otra educación para los “poderosos”. El modelo que considero más influyente en nuestros días es el de la educación Victoriana y también podemos encontrar testimonios de él en la literatura. En este modelo la influencia de la madre sobre sus hijos, especialmente los varones, se consideraba peligrosa o incluso dañina. Con el fin de no debilitar su carácter la crianza era encomendada a nodrizas y amas de cría. A la edad de 8 o 10 años los niños eran enviados a internados en los que comenzaba su educación formal, según un modelo de escuela que ya podemos encontrar en “La vida del buscón”.

Sin embargo es la industrialización el factor que más ha modificado nuestra sociedad y por ende la forma de entender la crianza y la educación de nuestros hijos. Desde el hacinamiento y las duras condiciones de vida de las primeras fábricas recorrimos un largo camino. La introducción y generalización de complejos sistemas de salud, higiene y educación han supuesto una revolución de cuya magnitud no somos conscientes. Durante este vertiginoso cambio hemos llegado a recelar de la lactancia materna como mejor opción para la alimentación de los bebés. Los conceptos de higiene se han mezclado con nuestras supersticiones y fetichismos. La idea de que un menor comparta cama con otro o con un adulto ha pasado de ser natural a parecernos casi escandaloso.

Nacimiento de la Ciencia del Apego

La relación materno filial fue objeto de estudio desde los primeros pasos de la psiquiatría. Sin embargo para los primeros psiquiatras la base de esta relación estaba más en la alimentación y la supervivencia que en el afecto. El concepto de apego nace en los años 50 del pasado siglo XX, y su percusor es el psicoanalista británico John Bowlby.

Bowlby nace en 1907 en una familia acomodada y su padre es cirujano de la casa real. Por todo ello su educación sigue el patrón victoriano. Tuvo una niñera hasta los 4 años y fue enviado a un internado con 7 años de edad. Él mismo relataba como vivió de un modo trágico la perdida de su niñera mientras que el trato con su madre biológica se reducía a una hora diaria después de la hora del té.

Con anterioridad a la II guerra mundial Bowlby investiga los patrones de interacciones familiares involucrados en el desarrollo emocional del niño, tratando de averiguar si las dificultades de apego estaban relacionadas con los casos de inadaptación y delincuencia, y si podían verse transmitidos entre generaciones. Después de la guerra colabora con la OMS como consultor de salud mental. Su trabajo se centra en el bienestar de los huérfanos de la guerra desde la Clínica de Guía Infantil de Londres.

En 1951 publica su trabajo “Cuidado maternal y salud mental” en el que introduce su teoría de la “necesidad maternal”. Bowlby trata desde el principio de establecer un paralelismo con el mecanismo de “imprintig” (impronta) que acababa de descubrir en las aves su contemporáneo el etólogo Konrad Lorenz. No obstante estas ideas fueron objeto de gran controversia. Lorenz recibió el premio nobel de medicina por estos trabajos, pero en 1973. En cuanto a las ideas de Bowlby, a pesar de su éxito popular inicial, fueron objeto de un intenso debate tanto médico como social.

En 1952 realiza junto a James Robertson el documental “A Two Year Old goes to Hospital”. En paralelo René Spitz realiza su documental “Psychogenic Disease in Infancy” para la universidad de Nueva York. Estos trabajos demostraron los devastadores efectos de la privación emocional severa en niños pequeños y fueron el detonante de importantes cambios en el modo de trabajar de hospitales infantiles (que hasta entonces no permitían a los padres permanecer con los niños) y orfanatos.

El debate social

Es muy importe entender el entorno social de estos trabajos. Sin entrar a valorar las opiniones personales de estos autores, las ideas de Bowlby y Spitz fueron bien acogidas por una parte de la sociedad y por sus gobiernos, que trataban de desincentivar el trabajo femenino después del esfuerzo de guerra. Sin embargo el pujante feminismo recelaba de que se pudiera estar buscando reducir el papel de la mujer al de madre.

La subsistencia de los prejuicios victorianos sobre la maternidad era otro factor a tener en cuenta en este debate. Tampoco eran ajenos al mismo las controversias dentro de la propia psiquiatría. Mientras que las que las obras de Freud y Jung, y sus complejos de Edipo y Electra, acaparaban el imaginario colectivo, la principal línea de trabajo de la psiquiatría era el conductismo en el que las teorías de Bowlby tenían difícil encaje.

Como hemos comentado Bowlby trató de establecer un paralelismo entre la impronta animal y la necesidad maternal, que denominó “monotropía”. En el fondo estas ideas está el intento de demostrar que una parte de nuestro comportamiento viene marcado por la genética. Algo que aún hoy es motivo de controversia, pero que en un contexto conductista resultaba poco menos que blasfemo.

Los ecos de este debate duraron décadas y llegan hasta nuestros días. En 1962 el propio Bowlby escribe “Necesidad del cuidado materno. Una reasignación de sus efectos” en el que matiza sus trabajos iniciales. En 1972 el profesor Sir Michael Rutter publica “Reasignación de la Necesidad Maternal” y en el año 2.000 Rudolph Schaffer sigue abordando este tema en su libro “Desarrollo Social”. La línea de todos estos trabajos apunta a que si bien la figura de apego es muy importante para el niño, sobretodo en su primera infancia, no tiene porqué ser representada exclusivamente por la madre.

Como podéis comprobar nada es tan sencillo como podría parecer al poner sobre la mesa las cartas del apego. Por debajo estamos haciéndonos trampas con conceptos mucho más complejos que la simple relación madre hijo: el papel de la mujer en la sociedad, el modelo de sociedad que queremos construir, la imagen que tenemos de nosotros mismos y de nuestras capacidades o libertades,… Definitivamente llevamos una mochila demasiado pesada mientras decidimos si es mejor coger en brazos al niño o dejarlo en el carro.

Investigación científica

Las investigaciones sobre el apego continuaron en la segunda mitad del siglo XX con dos protagonistas: Harry Harlow y Mary Ainsworth

Harlow estaba más centrado en la corriente conductista y para él la impronta no era un mecanismo adecuado para explicar el desarrollo emocional en los primates. Sus experimentos de 1961 con monos rhesus hoy nos parecen poco menos que aberrantes, sin embargo en su momento estos trabajos resultaban sorprendentes y muy interesantes.

A pesar de los resultados de Harlow no habían sido predichos ni por el psicoanálisis ni por el conductismo parecía que tenían fácil encaje dentro de estos modelos sin más que reordenar la lista de necesidades primitivas del niños incluyendo la afectividad. Para Harlow lo importante para el niño era cubrir estas necesidades primarias, y las madres biológicas podían ser sustituidas por cualquier cosa que cubriera satisfactoriamente esta necesidad.

Sin embargo los monos crecieron. Al llegar a la edad adulta los monos de Harlow mostraron importantes problemas de relación con sus congéneres, no mostraban interés por el sexo opuesto y en el caso de las hembras rechazaban a sus propias crías. Harlow pensó entonces que el problema residía en que los monos no solo habían sido privados de su madre, sino también de la interacción con otros monos, y modificó sus experimentos para permitir la interacción de las crías con iguales, e incluso ideó un experimento en que no había madre sustituta pero todos los monitos se criaban juntos. Los resultados mostraban que aquellos monos que sentían especial apego por la madre sustituta seguían siendo incapaces de relacionarse normalmente con sus iguales, y que los monos criados en grupo, sin madre sustituta, eran capaces de desarrollarse normalmente. El apego era imprescindible, pero debía ser un apego correcto y no necesariamente relacionado con la madre.

Mary Ainsworth, colaboradora de Bowlby hasta 1945, realizó sus propias investigaciones en Kampala, Uganda, estableciendo los patrones clínicos de apego que seguimos utilizando hoy en día. En sus investigaciones sometía a los niños a una “situación extraña”, que actuaba como detonante de estrés en los pequeños. Por ejemplo la ausencia inesperada de la madre-cuidador. Estudiando la respuesta de los niños a este estímulo estableció cuatro tipos de apego entre el niño y el adulto. En el siguiente vídeo podéis ver el experimento y los tipos de apego definidos por la doctora Ainsworth

Una mirada desde la neurociencia

El trabajo de Ainsworth evalúa al niño, su bienestar y su madurez, pero no nos dice como tiene que ser el comportamiento del adulto para ofrecer un apego adecuado. A este respecto a partir de los años 70 Edward Tronick realizó una serie de experimentos en la universidad de Boston que demostraban una gran capacidad de interacción del bebé con su madre incluso desde los 3 meses de vida.

Ante la repentina falta de expresividad de sus madres los bebés buscaban estrategias para provocar a una nueva comunicación. El fracaso en esta búsqueda provoca en el niño estrés y ansiedad. En una variante de este experimento Tronick pidió a las madres que fingieran tristeza, demostrando que los bebés son capaces de empatizar con los sentimientos transmitidos por la madre.

Es muy importe tener en cuenta que ya no se considera que el vinculo de apego sea exclusivo o privilegiado entre madre e hijo, aunque normalmente sea de este modo. El bebé puede tener más de una figura de apego, como se demuestra en este otro vídeo en que el experimento de la cara inexpresiva es realizado por padres. También os dejamos este enlace a un interesante artículo que insiste en la necesidad de que el apego seguro se desarrolle respecto a todo el sistema familiar.

Los últimos estudios indican que la interacción entre el bebé y sus cuidadores en un entorno de apego seguro son las que dan forma a su desarrollo cerebral. El bebé no solo busca seguridad emocional, sino que el apego le sirve para comenzar a construir sus estructuras mentales más básicas.

Conclusiones

Si has llegado hasta el final de este artículo te habrá quedado la sensación de que 150 años de psiquiatría solo han servido para refrendar lo que una madre siente instintivamente que tiene que hacer. En el fondo esa es la moraleja de esta historia: ningún padre debería dar por sentado que la opinión de un “experto” es mejor que su propio instinto. Los instintos llevan funcionando más de dos millones de años. En mi opinión son los prejuicios culturales, sociales, políticos, religiosos y familiares los que distorsionan las relaciones entre padres e hijos.

La segunda moraleja de esta historia es que cada padre o madre trata siempre de hacer lo mejor para su hijo. Es probable que se equivoque muchas veces, pero la importancia de estos errores es relativa. Lo realmente importante es que sea honesto consigo mismo y con la responsabilidad que adquiere desde el momento en que nace su hijo.

 

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